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EL ARTISTA Y LA ENFERMEDAD

 

Por: Hernán Urbina Joiro, MD*
 

«Pienso asumir sin rodeos mi oficio de loco, así como Degas ha tomado la forma de un notario.»

Van Gogh en carta a su hermano Théo (24 de marzo de 1889).

Virginia Woolf y Vincent Van Gogh, trágicos genios del arte, son quizá las figuras que más encarnan ante el público occidental la antigua pregunta que todavía permanece: ¿La enfermedad crea al artista? Tras un brote psicótico, Virginia Woolf dijo haber escuchado cantar a los pájaros en griego, 1,2 y años más tarde lo incluyó en la caracterización de Septimus, protagonista en La Señora Dalloway:

Los hombres no deben cortar los árboles. Hay un Dios. (Anotaba estas revelaciones al dorso de sobres.) Cambia el mundo. Nadie mata por odio. Hazlo saber (lo escribió). Esperó. Escuchaba. Un gorrión, encaramado en la barandilla de enfrente, canturreó: «¡Septimus, Septimus!», cuatro o cinco veces, y, siguió cantando, sacando una a una las notas, cantando con voz nueva y también penetrante, con palabras griegas… 3

Por su parte, Van Gogh escribió en la segunda carta a su hermano Théo, en septiembre de 1889: 

El segador está terminado […] Es todo amarillo, salvo unas líneas de colinas violetas, de un amarillo pálido y rubio. A mí eso me divierte, después de haberlo visto así a través de las rejas de hierro de una casa de locos. 4

El enigma del arte, de cómo brota, de por qué surte tantos efectos en nosotros, también nos define como seres humanos que tenemos siempre cuestiones que nos abarcan, que nos desbordan. Si algún día llegáramos a conocer, en verdad, cómo surge el arte y cómo funciona, ese día tal vez ya no seremos del todo seres humanos. De momento sólo podemos acercarnos al enigma, intentar describirlo, afirmar, al menos, que el artista trabaja con un fragmento de la realidad que ha escogido y moldeado según su sensibilidad —o sus necesidades— antes de enseñárnoslo. Lo que es lo mismo decir: los artistas nos ofrecen una visión ya distorsionada —acaso más conquistable— de lo que cotidianamente se aprueba por realidad y además nos comparten sus emociones, su Humanidad, a través de sus obras. De manera que es allí, en lo producido por el artista,  donde habría que buscar luces para iluminar en algo esa antigua pregunta que todavía permanece.

Los artistas ya muestran desde pequeños las habilidades para ese arte en donde encuentran el rumbo, donde hallan lo mejor que podrían hacer en sus vidas. Incluso, en esas creaciones tempranas se podrían distinguir distintos factores ambientales —incluidos los infortunios— y mucho de aquello que puede colorear el trabajo del que nace con capacidades para inventar una obra de arte. Puede decirse, sin aventurar mucho, que en cada expresión suya, el artista alcanza a dejar guardado un grito sobre su vida. Retomemos los casos ya citados, de Virginia Woolf y Vincent Van Gogh. En su carta del 9 de enero de 1889, Van Gogh le advierte a su hermano Théo:

…si me rehago, debo recomenzar y no podré alcanzar de nuevo esas cumbres donde la enfermedad me ha arrastrado mal. 5

En la del 23 de enero de 1889:

Las intolerables alucinaciones han cesado, sin embargo; actualmente se reducen a una simple pesadilla, a fuerza de tomar bromuro de potasio, creo… 6

Sin duda, quien escribe estas cartas se trata de alguien abrumado por el sufrimiento y ese sufrir le impide trabajar mejor o de otra manera que hubiera preferido. En cuanto a Virginia Woolf, es interesante observar las fechas de elaboración de sus novelas y las épocas de sus recaídas mentales. El periodo anterior a 1915 fue marcado por constantes agravamientos y en dos ocasiones intentó suicidarse. En contraste, la etapa entre 1915 y 1936 no sólo fue la de menores achaques, sino además la de mayor producción literaria: Fin de viaje (1915), Noche y día (1919), El cuarto de Jacob (1922), La Señora Dalloway (1925), El lector común (1925), Al Faro (1927), Orlando (1928), Una habitación propia (1929), Las olas (1931), Flush (1933). Buena parte del año de 1936 estuvo recluida y no escribió nada destacado. Tras la recuperación desarrolló Los años, Tres guineas, Roger Fry y Entre actos en 1941, poco antes de suicidarse. 7 Sin pretender reducir la compleja relación que pudiera existir entre la enfermedad y el artista, todas estas informaciones sobre Woolf y Van Gogh sugieren que la escritora y el pintor sólo pudieron hacer arte en sus días de convalecencia, aún temblorosos, pero ya convalecientes, que durante sus crisis mentales eran seres humanos aniquilados. Tan sólo en esa cierta tregua de sus sufrimientos pudieron crear, incluso contando parte de la naturaleza de esas crisis, vivencias con la que —para fortuna en estos dos casos— enriquecieron sus obras hasta que la enfermedad finalmente les impidió crear más.

Se ha afirmado aquí que la palabra sufrimiento es un buen sinónimo del vocablo límite y ahora hay que decir que la palabra límite podría ser un buen equivalente de enfermedad, tal como salud es un significante apropiado de la palabra libertad. Algo decisivo en este vínculo del artista y la enfermedad parece residir en la postura de estos seres humanos frente al límite, frente a la enfermedad. Hemos rememorado que Henry Matisse luego de verse incapacitado para tomar su pincel por la artritis, utilizó retazos de papel para untar el color y legarle al mundo parte de lo mejor de la pintura de todos los tiempos. Así enfrentó Matisse su límite. Fue la misma aptitud de Cervantes entre 1592 y 1597 en la Cárcel Real de Sevilla donde fue confinado por sus acreedores. En su celda surgió El Quijote, como él mismo lo informa en el prólogo:

Y, así, ¿qué podría engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, si no la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación? 8

En lo colectivo, la enfermedad también ha tenido enormes efectos sobre la cultura. El arte de la Edad Media está marcado por conceptos médicos de la época: el enamoramiento como manifestación de la locura, el amor como causa directa de la muerte, el ensalzamiento del amor desmayado o la palidez o la mirada consumida por la tuberculosis. Goya nos compartió en sus retratos de las viejas de narices deformadas el rostro de la sífilis cotidiana de aquellos días y Botticelli en sus pinturas del joven con las manos deformadas aún hoy nos recuerda los estragos que puede ocasionar la artritis reumatoide. La enfermedad ha llegado a condicionar al arte a tal punto que hace poco, a mediados del siglo XIX, el literato y crítico francés, Théophile Gauthier, dijo:

Cuando joven no hubiera aceptado como poeta lírico a nadie que pesara más de 45 kilos. 9

Y el propio arte también puede colorear la forma de observar las enfermedades. No es un secreto que Freud elucubró el psicoanálisis a partir de obras como Edipo Rey de Sófocles y de la buena literatura de Schopenhauer, quien también anticipó a otros dos grandes pesimistas de las letras: Kafka y Borges.  

La enfermedad, como cualquier otro factor externo a la creatividad en sí misma, fundamentalmente parece moldear o colorear el pensamiento del individuo e incluso del colectivo. Más que una enfermedad creadora, es más probable que exista una personalidad artística que le permite al artista enfrentar creativamente su enfermedad o su límite, hacer obras de arte, pese al límite y la enfermedad. Sabiendo lidiar con ellas, grandes enfermos —e hipocondríacos— pudieron descubrirnos innumerables creaciones maestras: Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Rafael Alberti, John Keats, Edgard Allan Poe, Honoré Balzac, Marcel Proust, Federico Nietzsche, Pio Baroja, entre muchos. 10

Esa personalidad artística, esa aptitud innata que traen desde el nacimiento tanto sanos como enfermos —los agentes y representantes no van en busca de nuevos artistas a los hospitales—, parece ser lo que esclarece en buena parte el derrotero de quien finalmente encuentra en el arte aquel oficio que querría hacer por encima de cualquier circunstancia. Es claro que la enfermedad moldea la cultura y modifica el modo de vivir de los seres humanos, pero no es menospalpable palpable que es el ser humano mismo, dotado de una aptitud artística, el que en últimas puede invocar y hacer surgir el enigma del arte a pesar de la enfermedad y el límite.

REFERENCIAS

Poole, Richard. La Virginia Woolf desconocida. Madrid. Editorial Alianza. 1982.

García Nieto, Rebeca. Virginia Woolf: Caso Clínico. Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq. 2004; 92: 69-87.

Woolf, Virginia. La Señora Dalloway. Madrid. Editorial Cátedra. 2008.

Van Gogh, Vincent. Cartas a Théo. Bogotá. Editorial Norma S.A. 1995.

Ibid.

Ibid.

Figueroa C., Gustavo. Virginia Woolf: enfermedad mental y creatividad artística. Rev. Med. Chile 2005; 133: 1381-1388.  

Cervantes Saavedra, Miguel. Don Quijote, op. cit.

Aldecoa, Josefina. En: Con otra mirada. Una visión de la enfermedad desde la literatura y el humanismo. Madrid. Taurus. 2001.

 Ibid.